Una Historia del pasado que forjó el presente.

En el año 2002 desatando las amarras de mi origen inicié el viaje hacia la Universidad de la República, habitando las aulas de la Facultad de Derecho. Tras un largo y sagrado esfuerzo, logré coronar los estudios para florecer como Doctor en Derecho y Ciencias Sociales.Mis manos rozaron el alfabeto por primera vez en la Escuela 17 de Puntas de Corrales, allá en la Cuarta Sección del departamento de Rivera. Recuerdo al fiel petiso que cada mañana, con paso manso y seguro, me conducía hacia los primeros relámpagos del conocimiento. Aquella infancia rural fue la primera estación de un destino que ya andaba buscando su rumbo.Luego, por los vaivenes azarosos de la vida, el destino mudó mis pasos. Cursé la mitad del quinto año y el sexto en la Escuela 128 de la ciudad de Rivera. Mi familia, como tantas familias de la tierra, tuvo que emigrar hacia el asfalto, buscando la promesa de un pan más seguro y horizontes más anchos.Al clausurar la escuela, el llamado de las aulas me llevó al Liceo Nº 3 de la Zona Este. Fui allí un estudiante de trinchera, un muchacho que combatió el frío del invierno y el rigor de la escasez, superando los seis años de la enseñanza secundaria con el alma templada para lo que vendría.Fue en el año 2002, bajo la sombra herida de una crisis profunda, cuando abandoné el calor de mis pagos para adentrarme en la gran capital de Montevideo. Llegué buscando incansablemente mis utopías. No puedo dejar de nombrar a mi tía, puerto seguro que me cobijó en su casa durante aquel primer año de intemperie. Tampoco olvido el sostén invisible pero eterno de mis padres, mi hermano, mi prima Mirita y los tantos amigos que la vida me fue regalando en las esquinas del camino.A partir del 2003, mi geografía fue la de los cuartos compartidos: anduve preambulando por las pensiones y residencias estudiantiles del centro capitalino, donde el frío se combatía con sueños compartidos. Para el año 2007, la pérdida de las becas me empujó a la necesidad del trabajo diario. Durante dos años fui auxiliar de servicio en el Liceo 26; lavando pisos y ordenando bancos logré financiar los libros y sostener la permanencia en mi carrera.A finales de 2009, trayendo el título intermedio de Procurador bajo el brazo, ingresé a las oficinas jurídicas del Consejo de Educación Secundaria. Allí mis ojos se abrieron a nuevas experiencias del oficio humano.Poco después, la luz definitiva se hizo con la aprobación de Derecho Financiero. Era la última materia. El ciclo se cerraba. Comparto hoy, con mis raíces y mis afectos, la inmensa alegría de este triunfo: la victoria de un gurí nacido en la frontera exacta, brotado del campo indómito de Rivera.El sacrificio y la febril dedicación fueron los motores de mi marcha. Hoy puedo proclamar que un joven surgido del Uruguay de tierra adentro llegó para demostrar que los sueños no son humo, sino materia que se conquista. Quiero encender en el pecho de las nuevas generaciones el fuego de la persistencia, alentando a los que se sienten desposeídos de oportunidades para que despierten a su propio desarrollo.Hay que guardar una certeza en los bolsillos del alma: la única riqueza que ningún ladrón puede arrebatarle al ser humano es el fulgor de sus conocimientos. De ellos nace el don supremo de una conciencia crítica para caminar erguidos en la sociedad.Escribo estas líneas sencillas como un testimonio de vida. Quiero que sirvan de faro para los jóvenes que hoy, desde las llanuras profundas del Uruguay rural, ven sus metas como estrellas lejanas e inalcanzables. Sepan ellos que con la voluntad de hierro, el trabajo constante y el nido protector de la familia, todo horizonte se vuelve alcanzable.

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